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                          PROLOGO A LA EDICION DE DON QUIJOTE

                          nota : subrayado de VRF


                          PROLOGO A LA EDICION DE DON QUIJOTE


                          DIEGO CLEMENCIN (1765-1834)
                          La relación de las aventuras de Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, en la que no ven los lectores vulgares más que un asunto de entretenimiento y de risa, es un libro moral de los más notables que ha producido el ingenio humano. En él, bajo el velo de una ficción alegre y festiva, se propuso su autor ridiculizar y corregir, entre otros defectos comunes, la desmedida y perjudicial afición a la lectura de libros caballerescos, que en su tiempo era general en España.

                          La época en que se supone que florecieron los caballeros andantes, y cuyas costumbres se pintan en sus historias, fue la que medió entre la extinción y la restauración de las letras; y para juzgar rectamente de la naturaleza de este argumento, conviene transportarse a aquellos siglos de oscuridad y barbarie, en que, olvidada la civilización antigua y generalizada en Europa la dominación de los pueblos del Norte, apenas se disfrutaba la seguridad y el sosiego, que son el objeto primario de la sociedad humana. Introducida con el régimen feudal la anarquía, quedó la autoridad pública sin centro ni fuerza; los particulares y vasallos más poderosos se encastillaban en sus rocas y fortalezas se miraban como independientes de los príncipes, y no reconociendo más derecho que el de la fuerza ni más ley que la de su espada, se hacían la guerra unos a otros, oprimían a los habitantes de los contornos, exigían contribuciones y servicios arbitrarios de los pasajeros, y todo era violencias, ruinas y crímenes. Después de un largo período de confusión, fue menester al fin que la autoridad eclesiástica acudiese al socorro de la civil, y tomase a su cargo conservar los escasos restos de la civilización que iba a extinguirse en Europa. Entrando ya el siglo XI, los obispos reunidos en los Concilios promulgaron la que se llamó Tregua de Dios para poner algún freno a los excesos y fuerzas que por todas partes perturbaban la tranquilidad y el orden. En los principios, no pudiendo lisonjarse de conseguir la enmienda total de una vez, se contentaron con prohibir las violencias en los domingos, después extendieron la prohibición a otros días de la semana y progresivamente, con la experiencia del buen resultado, se fue estableciendo la Tregua de Dios en ciertos períodos del año por varios Concilios, hasta el general de Letrán, celebrado el año de 1179, que confirmó los decretos de otros anteriores. En el trastorno general de las cosas se creyó que no se hacía poco en regularizar y poner límites al desorden, admitiendo el derecho, entre otras pruebas legales más o menos ridículas, la del duelo, en que la fuerza o la ventura del campeón decidía el fallo de los jueces. Así se examinó en Toledo, corriendo el siglo XI, la cuestión sobre la preferencia entre los ritos romanos y mozárabes. (El arzobispo don Rodrigo, De Rebus Hispaniæ, lib. VI. Capítulo XXV). Estas ideas, tan poco conformes a los rectos principios de la justicia, se fueron modificando después sucesivamente a proporción de los progresos que hacían las luces; y las famosas partidas del rey don Alfonso el Sabio, compuestas en la declinación del siglo XIII, reprobaron ya y excluyeron la prueba del duelo.
                          Las Cruzadas contribuyeron también a la disminución de los males, dando ocupación lejos de sus hogares a una nobleza inquieta y belicosa, y reuniendo contra los infieles las fuerzas que los cristianos empleaban en destruirse mutuamente. Entretanto, los principios de cultura que a su vuelta traían las expediciones de Ultramar, la formación de fueros y cuerpos municipales, la fundación de universidades y otras escuelas, la invención del papel, de la pólvora, de la brújula y de la imprenta produjeron efectos favorables en las costumbres, facilitaron la multiplicación de las relaciones y vínculos sociales, y allanaron el camino para la consolidación de la autoridad pública y el establecimiento de la actual civilización europea. Fijando, pues, nuestra consideración en aquella época primitiva, en que la inocencia y la debilidad, privadas de la protección del Gobierno no podían recibirla sino de los particulares, presenta sin duda una imagen halagüeña y recomendable la persona que impelida de su generosidad, se consagra sin limitación al socorro y amparo de los oprimidos; una persona que, embrazando su escudo y empuñando su lanza, se dedica a correr el mundo buscando ocasiones en que ofrecer su esfuerzo y su sangre en defensa del menesteroso y del débil. Tal es el fundamento del interés de que es capaz el género de los libros caballerescos: fundamento sólido porque se apoya en sentimientos virtuosos, que son los únicos que pueden inspirar interés duradero y constante. El sexo hermoso debía experimentar más los beneficios de la protección caballeresca por más débil, y de consiguiente, más expuesto a la injuria, a que se añadía el mayor aprecio y consideración que se le profesaba generalmente en la Edad Media, y que los pueblos descendientes del Norte habían heredado de los antiguos germanos, cuales los pintó Tácito. Si el éxito corona los esfuerzos y noble intento del caballero; si vence y destruye a los malandrines que infestan los caminos, a los gigantes que tiranizan desde las fortalezas, a los vestiglos que hacen peligrosos los campos o atemorizan en las cavernas; si liberta del deshonor a las doncellas, del suplicio no merecido al inocente, de las cadenas al mísero cautivo; si restituye a sus tronos las princesas y príncipes despojados injustamente; si castiga a los usurpadores y llena el orbe de la fama de sus proezas, entonces la reunión de la felicidad y de la valentía contribuye a realzar más y más, la importancia del preciado caballero. Añádanse al valor y fortuna del campeón las demás virtudes, el celo ardiente de la justicia, la generosidad, el desinterés; agréguense a estas prendas del ánimo la gallardía, robustez y belleza del cuerpo; únanseles la sensibilidad y ternura de corazón, la lealtad a su dama, el amor de la gloria, el desprecio de la muerte, y se tendrá el bello ideal del caballero andante que debiera haber servido de tipo a los cronistas. Pero el desempeño de este argumento, que no era ciertamente inaccesible a la hermosura y adornos de la invención y del estilo, se resintió del mal gusto de los tiempos y de la ignorancia de los autores. Pudieran haber aprovechado los datos que les suministraba la historia de la real y verdadera caballería en la Edad Media; pudieran haber puesto en sus héroes las prendas de los caballeros sin pavor ni tacha, los rasgos de valor, magnanimidad, desinterés y ternura que se vieron en aquel tiempo; pudieran haber ajustado a él sus composiciones en la descripción de las fiestas, armas, trajes y costumbres; matizar la pintura de las virtudes con la de los vicios ásperos y groseros que dominaban entonces, y ahora repugnan a nuestra cultura; fundir y hermosear las ideas que los arrestos y las cortes de amor, la profesión y ejercicio de los trovadores, las empresas de valor y galantería, las peregrinaciones o religiosas o guerreras a Tierra Santa, los climas poco conocidos del Oriente, prestaban a la imaginación e inventiva de los escritores. Pero nada de esto supieron hacer: tampoco supieron ceñir convenientemente la duración de sus fábulas, ni subordinar a una acción los sucesos, ni variarlos agradablemente, ni siquiera dar a sus relaciones los atractivos propios del curso tranquilo y apacible de la historia. Lanzadas y más lanzadas, cuchilladas y más cuchilladas, descripciones repetidas hasta el fastidio de unos mismos torneos, justas, batallas y aventuras con diferentes nombres; errores groseros en la historia, en la geografía, en las costumbres de las naciones y edades respectivas; golpes desaforados, hazañas increíbles, sucesos no preparados, inconexos, inverosímiles; ternura a un mismo tiempo y ferocidad, dureza y molicie, inmoralidad y superstición; tal es la confusa mezcla, el caos que ofrecen los libros caballerescos, escritos casi todos en los siglos XV y XVI, época ya en que los adelantos de la civilización y los beneficios de la autoridad pública, sólidamente establecida por partes, presentaban más claramente con su contraste lo inverosímil y lo ridículo de la profesión de los caballeros andantes. Los autores de sus historias no alcanzaron esta verdad, siquiera para asignar los sucesos a tiempos en que fueron posibles; por mejor decir, escribieron unas historias imposibles en todos los tiempos. Agitados los más de ellos de un furor insensato, no contentos con lo extraordinario, echaron también mano de lo portentoso, y amontonaron encantamentos y encantadores, rivalidades y guerras de nigromantes, aventuras y empresas absurdas, prodigando lo maravilloso de suerte que llegaron a hacerlo insípido, a la manera que el uso excesivo de los manjares y sabores fuertes llega a entorpecer el paladar y a embotarlo. De aquí nacía que la juventud, acostumbrada a las lecturas caballerescas, concebía un tedio insuperable al importante estudio de la historia, donde el orden y tenor ordinario de las cosas humanas no presentaba estímulos suficientes a su estragada curiosidad. Llenábase al mismo tiempo su fantasía de los ejemplos e ideas que encontraba en aquellas inmorales novelas; amores adúlteros, competencias de mozuelos que trastornaban el mundo, obediencia ciega a caprichos femeniles, venganzas atroces de pequeñas injurias, desprecio del orden social, máximas de violencia, fiestas de un lujo desbaratado y loco, pinturas y descripciones de escenas lúbricas; y los libros de caballerías llegaron a ser tan perjudiciales a las costumbres como insufribles a la razón y al buen gusto. Estas consideraciones excitaron el celo y las quejas de varones sensatos y piadosos. Luis Vives (lib. II, De corruptis disciplinis ), Alejo Vanegas (Ortografía, parte II, cap. III) Diego Gracián (prólogo de la traducción de Jenofonte), Melchor Cano (lib. XI, De locis theologicis, cap. VI), Fray Luis de Granada (Símbolo de la Fe, Parte II, cap. XVII) y Benito Arias Montano (Rhetoric, lib. III, párrafo 43), entre otros sabios de menor nombre, declamaron contra los males que la lectura de tales libros producía, lamentándose alguno de ellos de que en España abundaba más esta peste que en otros reinos. El emperador don Carlos, en una ley del año 1543, mandaba a los virreyes, audiencias y gobernadores de Indias que no consintiesen imprimir, vender, tener ni llevar a sus distritos, proveyendo que ningún español ni indio los leyese en aquellos dominios (Recopilación de Leyes de Indias, lib. I, título XXIV, ley IV). Igual prohibición reclamaban para la Península las Cortes del reino celebradas en Valladolid el año de 1555, ponderando los daños que su lectura ocasionaba, especialmente en la juventud de ambos sexos, y pidiendo que no solo se prohibiese imprimirlos en adelante, sino también que se recogiesen los impresos hasta entonces y se quemasen (Petición 107) "otrosí decimos que está muy notorio el daño que en estos reinos ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas y a otros géneros de gentes leer libros de mentiras y vanidades, como son Amadís y todos los libros que después del se han fingido de su calidad y letura, y coplas y farsas de amores y otras vanidades: porque como los mancebos y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello, desvanécense y aficiónanse en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido, ansi de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algún caso semejante, danse a él más a rienda suelta que si no lo oviesen leído; y muchas veces la madre deja encerrada la hija en casa, creyendo la deja recogida, y queda leyendo en estos semejantes libros, que valdría más la llevase consigo; y esto no solamente redunda en daño y afrenta de las personas, pero en gran detrimento de las conciencias, porque cuanto mas se aficionan a estas vanidades, tanto más se apartan y desgustan de la doctrina santa, verdadera y cristiana, y quedan embelesados en aquellas maneras de hablar, e aficionados, como dicho es, a aquellos casos. Y para el remedio de lo susodicho, suplicamos a V. M. mande que ningún libro destos ni otros semejantes: y los que agora hay los made recoger y quemar, y que de aquí adelante ninguno pueda imprimir libro ninguno, ni copla ni farsas sin que primero sean vistos y examinados por los de vuetro Real Consejode justicia: porque en hacer esto ansí V. M. hará gran servicio a Dios, quitando las gentes destas lecciones de libros de vanidades, e reduciéndolas a leer libros religiosos y que edifiquen las ánimas y reformen los cuerpos, y a estos reinos gran bien y merced." El Emperador no contestó a las peticiones de estas Cortes: hízolo el año 1558 la princesa doña Juana, a nombre del rey don Felipe, que estaba ausente en los Estados de Flandes. La respuesta a la referida petición 107 fue la siguiente: "A esto vos respondemos que tenemos fecha ley y pragmática nuevamente, por lo cual se pone remedio cerca de lo contenido en esta petición y otras cosas que convienen al servido de nuestro Señor, la cual se publicará brevemente". Mas a pesar de las declaraciones de los sabios, de los deseos solemnemente declarados de las Cortes y de las disposiciones de las leyes, continuaba siendo general la afición a los libros caballerescos. Un historiógrafo de Santa Teresa de Jesús nos ha conservado la noticia de que escribió uno de ellos esta insigne mujer durante su primera juventud, en que gustó mucho de semejante clase de lecturas y devaneos. Las hazañas que ilustraron la vida de don Fernando de Avalos, marqués de Pescara, célebre capitán del reinado de Carlos V, se atribuían, bien o mal, al noble ardor y estímulos de la gloria que había criado en su pecho la lección frecuente de historias de caballerías en sus juveniles años (Don Nicolás Antonio, prólogo de la Biblioteca moderna española). Las dedicatorias de muchos libros castellanos de esta clase nos enseñan que el gusto y la protección de aquellas composiciones se extendía no sólo a próceres y grandes, no sólo a personas constituidas en altas dignidades eclesiásticas y en los puestos supremos de la Magistratura, sino también al palacio y a la familia de los reyes. Por una contradicción, que no es rara, entre los preceptos y la conducta de los que mandan, el emperador don Carlos prohibía, como se dijo arriba a sus vasallos la lectura de historias caballerescas, y se deleitaba en la de Don Belianís de Grecia, una de las más disparatadas y monstruosas de la fantástica biblioteca. Queriendo obsequiarle en Flandes su hermana la reina de Hungría, no halló medio más adecuado para ello que darle en las famosas fiestas de Bins, celebradas el año de 1549 (de ellas escribió Juan Calvete de Estrella una relación muy circustanciada, que se imprimió el año de 1552), el espectáculo de las aventuras andantescas, representadas al vivo por los principales caballeros de la corte. El grave y austero Felipe II, bien que entonces joven todavía no se desdeñó de concurrir personalmente a ellas, de vestir el traje y hacer el papel de caballero andante. Esta conducta del Emperador y de su hijo daba pretextos a la sátira, y acaso prestó apoyo a la opinión, que hubo entre algunos, de que Cervantes quiso ridiculizar en su QUIJOTE. Así que no fue extraño que la afición a leer y componer libros de caballerías se mantuviese en España a la sombra de tan ilustres y, por consiguiente, tan contagiosos ejemplos. Su publicación y lectura continuaban libres y exentas de nota, mientras que la censura trataba con rigor y tildaba las producciones de Fray Luis de Granada y otras igualmente piadosas. Ni se ceñía sólo a escritores frívolos y proletarios la manía de escribir las ficciones caballerescas, sino que alcanzaba también a personas de carácter y profesión grave, y de la más elevada jerarquía. Jerónimo de Huerta, traductor de la Historia natural de Plinio y médico de los reyes, había escrito su poema andantesco de Florando de Castilla; y don Juan de Silva y Toledo, señor de Cañadahermosa, imprimía el año de 1602 la Crónica del príncipe don Policisne de Boecia, cuyos disparates pueden competir con los de cualquiera de las de su clase que le habían precedido. ¿Qué más? El contagio de las ideas vulgares había cundido y penetrado hasta los claustros. Fray Gabriel de Mata, fraile observante, publicó en los años de 1587 y 1589 la primera y segunda parte del Poema de San Francisco y otros Santos de su Orden; y para realzar su mérito discurrió darle el título andantesco de Caballero Asisio, y puso al frente la imagen del Santo puesto a caballo y armado de todas armas, a semejanza de las que se ven en los más de los libros de este género, el caballo encubertado y con magnífico plumaje, en la cimera del yelmo una cruz con los clavos y corona de las espinas, grabados en el escudo las cinco llagas, y en el pendón de la lanza pintada la Fe con la cruz y el cáliz, y una letra que dice: En esta no faltaré. Imprimióse libro tan singular en Bilbao y en Logroño, dedicado al Condestable de Castilla, y con muchos elogios y aprobaciones, entre ellas la de don Alonso de Ercilla, autor de La Araucana. Tal era el estado de las cosas, cuando Miguel de Cervantes concibió el proyecto de desterrar la lectura de los libros caballerescos. Un hombre oscuro y desvalido, sin más remedios ni auxilios que su ingenio y su pluma, se atrevió a acometer una empresa a que no habían podido dar cabo los esfuerzos de los sabios ni de las leyes. Pero no debemos disimular las circunstancias que favorecían el buen éxito del arduo designio. Desde la mitad o antes del siglo XVI, la ocupación de los lectores ociosos había empezado a dividirse entre las obras prosaicas y métricas de caballería. Las guerras y viajes de los españoles en Italia les había comunicado el gusto y aprecio de la literatura de aquella culta península, y hecho conocer las producciones de la épica caballeresca, que fundaron y acreditaron Pulci, Boyardo y el Ariosto. Especialmente el Orlando furioso de este último se trasladó una y otra vez a nuestro idioma en prosa y en verso, y a su imitación intentaron algunos escritores aplicar los atractivos de la poesía a las historias de los aventureros andantes, procurando engalanar así y hacer tolerables las absurdas relaciones de los sucesos. Esto produjo los poemas del Satreyano, del Celidón de Iberia y del Florando de Castilla. Otros poetas, manifestando más a las claras lo que daba ocasión a sus composiciones, continuaron el argumento del Ariosto, como Nicolás de Espinosa en su Orlando, Luis Barahona en Las Lágrimas, y Lope de Vega en La Hermosura de Angélica. Unos y otros aspiraron a emular la gloria del poeta ferrarés; pero, como suele suceder en casos semejantes, copiaron los defectos y no las bellezas de su maestro, y todos, aunque en muy diferentes grados, quedaron inferiores a su original. Andando el tiempo, las musas castellanas, fastidiadas de tanto cantar al paladín francés, forjaron finalmente en la varia y festiva imaginación de don Francisco de Quevedo el Orlando burlesco, que se estampó entre sus numerosas obras. Pero antes de esto había precedido en Italia otra novedad todavía más adversa al crédito de las crónicas de los caballeros andantes. Cuando depuesta la rusticidad y aspereza de la Edad Media y restablecidas las letras fueron visibles los progresos de la cultura, las personas delicadas empezaron a disgustarse de las duras y sangrientas escenas de los libros de caballerías, y a preferir lecturas más apacibles y más acomodadas a las nuevas costumbres. Cansadas de batallas y acontecimientos estrepitosos y sangrientos, quisieron pasar de los emperadores y reyes a los aldeanos, del arnés al pellico, de las justas y torneos a las danzas y fiestas pastoriles, de los palacios y castillos encantados a las cabañas y a las chozas. A las descripciones de tormentas, ruinas y destrozos prefirieron las pinturas risueñas de la vida y ejercicios campestres; a las cuevas de hadas y nigromantes las márgenes umbrosas de los ríos, los floridos prados, las frescas fuentes, ordinarios descansos y mansión de los pastores. Los escritores de libros de entretenimiento, sin salir de los asuntos del amor, pasión la más general de los mortales, la que presta más variedad a la pluma y más interés al corazón, y ayudándose con las galas de la poesía, que se había restaurado también con los demás ramos de las letras humanas, se dedicaron a escribir los amores inocentes y candorosos, las tiernas y sencillas aventuras de los habitantes del campo y de las selvas. Véase aquí el origen de los libros bucólicos, mezclados de prosa y verso, que aparecieron a principios del siglo XVI en el teatro de la literatura europea. Jacobo Sanazaro dio ejemplo en su Arcadia a los italianos. Imitóle después en España Jorge de Montemayor, escribiendo su Diana, en que, sin abandonar del todo la relación de encantamentos, y episodios guerreros introdujo, aunque portugués, este gusto en Castilla. Continuaron el argumento de la Diana Alonso Pérez y Gaspar Gil Polo; por igual estilo escribió Miguel de Cervantes la Galatea, Luis Gálvez de Montalvo el Pastor de Filida, Suárez de Figueroa la Constante Amarili, Valbuena el Siglo de Oro. Lope de Vega su Arcadia, en cuyo mismo título, igual al del libro de Sanazaro, indicó el origen italiano de este linaje de composiciones. Empezaba también por entonces a acreditarse otra especie de libros de invención y de ingenio, en que no tenían parte ni los pastores ni las armas. Género de literatura a que dio impulso en la voluptuosa Italia el Decamerón de Boccacio, colección de cuentos y novelas que, reducida ya desde antiguo al castellano, había dado ocasión en España a otras composiciones de apacible entretenimiento que se escribieron en el siglo XVI, unas amorosas, como el Patrañuelo, de Juan de Timoneda, y la Selva de aventuras, de Jerónimo de Contreras; otras alegres y picarescas, como el Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache. Varios escritores, entre ellos el mismo Cervantes, iban dando forma a las novelas castellanas: algunas traducciones de igual clase, hechas del toscano y aun del latín y del griego, como la del Asno de Oro y de los Amores de Teágenes y Cariclea, ocupaban también las horas ociosas de los españoles, y todos eran otros tantos portillos hechos en la cerca que defendía la envejecida afición a los libros de caballerías. Para acelerar y consumar la empresa de derrocarla enteramente, Cervantes tomó un camino muy distinto del que habían tomado los moralistas y las leyes, y se valió de un arma más eficaz que las prohibiciones y los raciocinios. Pintó en Don Quijote de la Mancha lo ridículo del caballero andante, y en su escudero, Sancho, lo ridículo de los que apreciaban y daban valor a las monstruosidades caballerescas. Presentó a uno y otro en varias situaciones en que, siendo el objeto de la burla y risa de los lectores, la reflejan sobre los paladines aventureros y los apreciadores de sus historias. El lector olvida lo que pudo haber de benéfico, generoso y recomendable en la institución primitiva de la caballería andante, y sólo ve sus impertinentes exageraciones de amor y de valentía, lo repugnante y los inconvenientes de su ejercicio, su incompatibilidad con la civilización y el orden. Con esta disposición le ofenden más los desaforados desatinos de sus relaciones, lo absurdo de sus transformaciones y milagros, la fealdad de sus errores históricos, cronológicos y geográficos, la cansada repetición de aventuras, encantos y torneos, y acabará por despreciar los libros caballerescos, cobrarles hastío y abandonar su lectura. Tal fue en general el plan de Cervantes. El tiempo ha puesto de manifiesto sus resultados, y aun no ha faltado quien diga que lo fuerte del remedio produjo ya el exceso contrario, y que la irrisión que hizo nuestro autor de los libros comunes de la caballería andante contribuyó a debilitar las ideas y máximas del antiguo pundonor castellano. Como quiera, el triunfo del QUIJOTE fue el más completo que cabe en la materia. La historia caballeresca de Don Policisne de Boecia, impresa en el año de 1602, fue el último libro de su clase que se compuso en España. El INGENIOSO HIDALGO se imprimió el año de 1605 y después de esta época no se publicó de nuevo libro alguno de caballería, y dejaron de reimprimirse los anteriores. Todos ellos se han hecho alhajas raras en las bibliotecas de los curiosos; de algunos no queda más que la memoria, y quizá se ha perdido absolutamente la de otros. Mas a pesar del singular mérito del libro que obró este prodigio, no se eximió de las alternativas de la varia fortuna. En sus principios fue mirado con desdén por algunos literatos, que, no alcanzando sus primores, aunque testigos de su popularidad y de la aceptación universal, calificaban a su autor de ingenio lego y plebeyo. Repetíanse sin cesar las ediciones del QUIJOTE, no había español que no lo leyese y volviese a leerlo, pero no excitaba su particular entusiasmo ni sus elogios. Gozaba España del placer que le proporcionaba la lectura de esta admirable fábula, como los campos gozan de las benéficas influencias del sol, sin dar muestras de agradecerlas. Las señales extraordinarias con que las naciones extranjeras, y señaladamente la inglesa, entrado ya el siglo XVIII, manifestaron el aprecio que hacian del QUIJOTE, sacaron por fin a los españoles de su indiferencia y a ésta sucedió una exagerada admiración que ya rayaba en idolatría. Don Vicente de los Ríos, escritor cultísimo, se mostró jefe y cabeza de esta escuela de adoradores del QUIJOTE, en el Análisis que dispuso para que se publicase al frente de la edición hecha por la Academia Española el año de 1780. Lo vehemente y apasionado de sus elogios ha dado motivo a críticas y disputas más o menos acaloradas, y en esta diversidad y contradicción de opiniones es menester mucho pulso y cuidado para caminar con pie firme, y seguir lo justo sin declinar a uno ni otro extremo. ¡Desgraciado de aquel a quien no suspendan y arrebaten las gracias y bellezas admirables, originales, únicas del QUIJOTE! Mas sin embargo de este testimonio de aprecio y veneración, homenaje debido de justicia al inmortal Cervantes, no puede menos de reconocerse que escribió su fábula con una negligencia y desaliño que parece inexplicable. La escribió dejando correr la vena de su ingenio, sin seguir regla ni imponerse sujeción alguna; y así como su héroe erraba por llanos y por montes sin llevar camino cierto en busca de las aventuras que la casualidad le deparase, del propio modo el pintor de sus hazañas iba copiando al acaso y sin premeditación lo que le dictaba su lozana y regocijada fantasía. La misma fábula ofrece repetidas pruebas de que su autor no volvía a leer lo que había escrito. Cervantes ignoraba el precio y valor del QUIJOTE, y daba al parecer la preferencia a su novela de los Trabajos de Pérsiles y Sigismunda. Así se compuso un libro de tanto mérito, y que, no obstante sus defectos, ocupará siempre un lugar distinguido entre las producciones magistrales del entendimiento humano. Cervantes, al escribir su QUIJOTE, entraba en una carrera enteramente nueva y desconocida. Halló el molde de su héroe en la naturaleza hermoseada por su fecunda y feliz imaginación; creó un nuevo género de composición para el que no había reglas establecidas, y no siguió otras que las que le sugería naturalmente y sin esfuerzo su propio discurso. De Cervantes puede decirse lo mismo que Veleyo Patérculo dijo de Homero; ni tuvo ni antes a quien copiar, ni después ha tenido quien le copie; y éste es el único paralelo que cabe entre el poeta griego y el fabulista castellano. Los que con más aparato de reflexiones y argumentos han elogiado el QUIJOTE de Cervantes, han solido empeñarse en mostrar que en tal o tal punto imitó o superó a los antiguos; pero en ello estrecharon demasiadamente la esfera de su asunto y el camino que debieran seguir en sus especulaciones. Olvidaron, al parecer, que los obras de ingenio más célebres de la antigüedad precedieron al arte; que los preceptos de Aristóteles fueron posteriores a Homero, y las instituciones de Quintiliano a Cicerón. Los hombres instruidos a quienes embelesaba la lectura de los modelos primitivos, se detuvieron en los pasajes que cautivaron mas su atención y les produjeron impresiones más profundas de interés y placer: examinaron lo que para ello habían hecho sus autores, lo redujeron a máximas generales, y he aquí las reglas. Esta consideración persuade que las composiciones de género nuevo más deben juzgarse por el efecto que produce su lectura que por su comparación con otras de géneros anteriores, cuyas reglas no son enteramente aplicables al nuevo. Enhorabuena que el juicio formado por las primeras impresiones se traiga después al examen circunspecto y severo de la filosofía; que se ascienda a consideraciones sobre las fuentes de lo bello en las artes de imitación; que se explique la doctrina de las unidades; que se traigan a colación los ejemplos de antiguos y modernos: el resultado será siempre el mismo, y los fallos del lector atento y juicioso, tanto sobre las bellezas como sobre los defectos de la obra, se hallarán constantemente conformes con la razón. En todas las composiciones de invención y de ingenio hay un principio general e invariable: el intento debe ser uno para no debilitar la atención y el interés; pero en los diversos géneros son también diversos los medios y, por consiguiente, las reglas para conseguir el intento. Una composición lírica presenta el arrebato de una imaginación fogosa y agitada, que abandonándose al estro que le inspira, se desahoga en expresiones sublimes, y ofrece en un cuadro reducido ideas exageradas y fuertes: esta situación, como violenta, no puede ser larga, y, por lo tanto, la oda debe ser breve; como apasionada, no puede ser serena; ha de presentar tintas de oscuridad y desorden, envolver el enlace de las ideas, precipitadas, dar a entender todavía más de lo que dice. El género bucólico describe las fuentes, los prados, los bosques y las pasiones y afectos de sus habitantes; el estilo y las imágenes han de corresponder a su objeto: el lenguaje sea sencillo como la naturaleza, llano e ingenuo como los pastores, tierno y sentido como las zagalas. El drama ofrece a los espectadores un suceso que los enseña o los escarmienta, y para ello trata de hacer la imitación completa en lo posible: de aquí la necesidad de que no se cambie de sitio, ni la duración se extienda a más de lo que la verosimilitud permite. La épica pinta una acción noble y extraordinaria, adornada con toda la pompa y atavíos que prestan la historia, la fábula, las tradiciones populares y la inventiva del poeta; la unidad del lugar, que es necesaria en el drama, sería absurda en la epopeya: su duración debe ser proporcionada al tamaño y naturaleza del argumento, pero concentrándose en el espacio conveniente como los rayos del sol en un foco, para que sea más viva el calor e interés en el ánimo de los lectores. Supuestos estos principios, que no pueden menos de reconocerse como ciertos, ¿cuáles deberán ser las reglas que rijan en un argumento de la naturaleza del QUIJOTE? ¿Cuáles son los cánones de la fábula satíricofestiva que, para el entretenimiento y enseñanza de quien la lee, dicta la esencia de su objeto? Desde luego se ve que no exige ni la sublimidad de la lira, ni la ilusión teatral del drama, ni la maravillosa ostentación de la epopeya: tampoco le conviene el sesgo tenor de la historia, el cual la privaría de muchas ventajas, y la reduciría a la condición de una novela ordinaria, más o menos recomendable. Es cierto que cuando las novelas son breves y sus asuntos sencillos, apenas admiten otro artificio ni otros adornos que el orden, la claridad, la pureza del lenguaje y la conveniencia del estilo; pero también es indudable que cuando tienen mayor extensión y abrazan mayor círculo de sucesos, pueden recibir grandes mejoras de su disposición, ciñéndose a un cuadro de proporcionada magnitud, en que los incidentes de menor bulto se subordinen a una acción principal, y reforzando su importancia, mantengan la curiosidad y el placer. Por falta de esto suelen fatigar las novelas largas, como el Gil Blas de Santillana, El Escudero Marcos de Obregón, los pícaros Guzmán y Justina, a pesar del mérito de sus pormenores y de su lenguaje. En ellas no domina ni campea una acción principal: todos son acontecimientos e incidentes ensartados unos tras otros, sin unidad, sin término conocido; y como la atención y el interés del lector caminan a la par en estas materias, cuando el camino es largo y no se presiente su fin, la atención se cansa y el interés se pierde. El prudente escritor de composiciones de esta clase tratará con mucho cuidado de evitar semejante escollo. Si escoge un objeto primario a que se dirijan las partes subalternas de su obra; si limita la duración por medio de una exposición oportuna que excuse largos preámbulos; si esfuerza y realza el intento principal con los episodios, y si después de excitar el interés hasta donde permita la naturaleza del asunto sabe poner fin verosímil y oportuno a la acción, este tal ha llenado todos los números, y merece un puesto de honor entre los fabulistas. Así lo practicó Cervantes en su QUIJOTE. Estoy muy lejos de creer que su conducta fue efecto de largas y profundas meditaciones; antes al contrario, todo muestra que no procedió con sujeción a plan alguno formado de antemano, y que el QUIJOTE se fundió como por sí mismo en la oficina de un feliz y bien organizado entendimiento. Cervantes obró menos por reflexión que por instinto; apenas daba importancia y atención a lo que escribía: que sólo así puede explicarse la reunión de tantas bellezas con tanta incorrección y tantas distracciones. El argumento de la fábula es la empresa de un hidalgo manchego que, infatuado con la lectura de los libros caballerescos, se propone renovar el ejercicio y profesión de la caballería andante, como necesaria para el bien y felicidad del mundo. La acción empieza en el punto en que se exalta y llega a su colmo la locura del hidalgo; y este es el principio que convino a la fábula para abreviar su duración y reducirla a menor espacio. El desenlace hubo de ser el fin de la locura, que se verificó poco antes de la muerte del héroe. Cervantes llenó el intermedio con incidentes y episodios variados y divertidos, que empeñaban más y más en su loco propósito al protagonista; entretejió con los sucesos los inimitables diálogos del amo y el escudero; a las dificultades y trámites de las empresas en la épica sustituyó los trabajos y los palos de Don Quijote, y el manteamiento y azotes de Sancho; remedó y ridiculizó lo maravilloso de la historia caballeresca en el encantamiento de Don Quijote y su encierro en la jaula, en el viaje de Clavileño, en la resurrección de Altisidora, en la cueva de Montesinos, en el encanto y desencanto de Dulcinea; y ofreciendo así tantos motivos de placer a sus lectores, consiguió el objeto moral de su libro, que era hacer despreciables y desterrar los de la caballería andante. Si a la sencillez del argumento hubiera acompañado más estudio y esmero en los pormenores relativos a la disposición de la fábula, y mayor corrección y lima en el lenguaje, el QUIJOTE sin duda hubiera alcanzado mayores quilates de perfección. Hubiera debido preferirse que fuese una sola salida de Don Quijote en lugar de las tres que hizo, y que pudieran parecer tres acciones diferentes. Échase de menos la trabazón y enlace que sería de desear entre las dos partes en que se divide la fábula: todos los incidentes de la primera quedan concluidos con ella, nada queda pendiente que excite la curiosidad y el deseo de la continuación. Estos son dos de los más notables defectos del QUIJOTE. Entre los episodios hay algunos que no tienen la conexión conveniente con la acción principal: la censura pública obligó a nuestro autor a corregirse de este lujo de invención en la segunda parte, que imprimió diez años después de la primera, pero las mismas excusas que alegó en su defensa, manifiestan que no tenía ideas científicas del arte de escribir, ni había meditado mucho sobre el asunto. El ingenio de Cervantes, a semejanza de un prado sin cultivo y abandonado a sí mismo, producía las flores que la bondad y feracidad del terreno llevaba espontáneamente, sin estudio ni esfuerzo alguno. Igual negligencia se advierte en el cómputo del tiempo. ¡Cuánto no hubiera sorprendido a Cervantes, cuando escribía el INGENIOSO HIDALGO, la noticia de que llegaría un tiempo en que con el calendario en la mano se seguiría paso a paso la serie de los de su héroe para fijar lo que había durado el período de su locura, y que habría quien lo ciñese al espacio ni más ni menos de ciento sesenta y cinco días! ¡Cuán lejos estuvo de pensar en esto Cervantes! Bien que, según puede observarse en su abono, el tiempo necesario para los sucesos que se cuentan no excede del término que con viene para evitar la languidez de la narración, y evitar el fastidio de los que la escuchan o leen. Pero son inexcusables las faltas que se observan en el QUIJOTE contra la cronología. Un libro que refiere como coetáneos sucesos de los reinados de los dos Felipes II y III: que menciona la expulsión de los moriscos verificada en 1610, y la publicación del QUIJOTE de Avellaneda, que fue en 1614, este mismo libro se asegura que es traducción de un original arábigo, contenido en cartapacios y papeles viejos que ya se consideraban aniquilados a manos del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas; y se supone que se sacó de memorias y tradiciones populares, y de pergaminos encontrados en una caja de plomo descubierta entre las ruinas de antiguos edificios. Los anacronismos destruyen la verdad en las historias y la verosimilitud en las fábulas; donde, como discretamente dijo el mismo Cervantes, tanto la mentira es mejor, cuando más parece verdadera, siendo imposible que admire y agrade el escritor de obras de ingenio que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. Cervantes se juzgó y condenó en este pasaje. Sólo la verdad es hermosa, y la verdad en los libros de invención no es más que la verosimilitud. En defensa de los anacronismos de Cervantes se ha alegado el de Dido en la Eneida, como si los del QUIJOTE fuesen uno solo, como si tuvieran con el fondo y esencia de la fábula la relación que el de Dido con la fundación de Roma y su rivalidad con Cartago, como si la inversión del tiempo en épocas remotas e ignoradas pudiese ofender al lector tanto como en otras cercanas. No son los anacronismos de Cervantes de la naturaleza de Virgilio. Más indulgencia merece el QUIJOTE en la parte geográfica. Los reparos que pudieran oponérsele en este punto son de otra importancia, y desaparecen entre los resplandores de mayores bellezas. Los caracteres de las personas subalternas de la fábula están trazados magistralmente. La bellaquería del ventero que armó a Don Quijote, la discreción de Dorotea, la conducta villana de los galeotes, el despejo apicarado de Ginés de Pasamonte, la ingenuidad pueril de doña Clara, la indulgencia e instrucción del canónigo de Toledo, el lenguaje rústico y zahareño de los labradores del Toboso, el reposado aseo de la casa de don Diego de Miranda, la atolondrada afición de los duques a divertirse, las sandeces de doña Rodríguez, la burlesca prosopopeya del doctor Recio, la saladísima escena del labrador, pintor y socarrón de Miguelturra, sin entrar en cuenta las personas del Cura, del Barbero y del Bachiller, suministran una porción de cuadros tan agradables por su variedad, como por la destreza con que están delineados. Si hablamos de los dos personajes principales, el carácter de Don Quijote se conserva con igualdad desde el principio hasta el fin: honrado, bondadoso, desinteresado, discreto y juicioso, si no en el punto de la caballería, en éste, exaltado y loco. Si divierte y hace reír por los extravíos de su cerebro, interesa al mismo tiempo por las inclinaciones y bondad de su corazón. Cervantes reunió hábilmente las dos circunstancias en su protagonista. Un héroe solamente ridículo hubiera podido divertir, pero no interesar: Cervantes logró uno y otro, juntando en un mismo sujeto las extravagancias del caballero de la Triste Figura con las honradas y virtuosas prendas de Alonso Quijano el Bueno; se ríen las ocurrencias del primero, y no se puede menos de amar al segundo. El carácter de Sancho vacila algún tanto; pero el lector, embelesado con las inimitables gracias y sales de este personaje, no echa de ver la inconstancia, o la perdona fácilmente. La invención es admirable, tan original en sí como oportuna en su aplicación y proporcionada a su objeto: el estilo variado convenientemente y acomodado a las circunstancias de tiempo, lugar y personas; el lenguaje a veces descuidado, pero con pocas excepciones puro y castizo. Las ideas no siempre están bien coordinadas entre sí: hay olvidos, distracciones, inconsecuencias. La moral, buena en lo general, aunque con algunas sombras, raras a la verdad, de una a otra imagen o expresión menos decente: en el tiempo en que se escribió el QUIJOTE, pudo su autor pasar por austero. Sátira delicada de vicios y errores comunes, gracejo frecuentemente urbanísimo, pero que alguna vez declina a vulgar: juicio recto y desenfadado, mas no exento enteramente y en todas ocasiones de las preocupaciones de su siglo. De estos indicados elementos de tantas prendas recomendables mezcladas con algunas imperfecciones y muchos descuidos, se compone un todo que el lector no sabe dejar de las manos: un libro que ha sido, es y será siempre el encanto y embeleso de los españoles, y aun de los extranjeros, a pesar de que el menor conocimiento de nuestros usos y costumbres, de nuestro lenguaje familiar, de nuestras tradiciones y cuentos populares les esconde gran parte de sus primores. ¡Cuánto debe ser el exceso de éstos sobre los defectos! Autorcitos oscuros y poco estimables se atrevieron en estos últimos tiempos a despreciar lo que no merecían entender: imprimieron dentro y fuera del reino observaciones y críticas contra el QUIJOTE: pero la opinión y consentimiento universal los ha reducido al silencio y sepultado en el olvido, y el QUIJOTE ha quedado en posesión del crédito y aceptación que le corresponde como al libro más original que ha producido la moderna literatura. Bueno será examinarlo menudamente, y hacer, digámoslo así, anatomía de obra tan singular; reducir a su debido valor las hipérboles y ciega admiración de los unos, y las acriminaciones y censuras de los otros. Esto es lo que se ha procurado hacer en el presente Comentario, notando con imparcialidad los rasgos admirables y las imperfecciones, el artificio de la fábula y las negligencias del autor, las bellezas y los defectos que suele ofrecer mezclados el INGENIOSO HIDALGO. Acaso se me tildará de nimiamente severo en lo que me parece reprensible; acaso los amantes indiscretos de la gloria nacional, en que tiene tanta parte la de Cervantes, me acusarán de indiferente y aun de contrario a ella; pero serán injustos. La verdad sincera y serena debe distribuir los elogios y las censuras. El QUIJOTE tiene lunares, y tratándose de un libro que anda en manos de todos, y que es uno de los que principalmente se proponen para modelos del gusto y del idioma, conviene por lo mismo indicar con más particularidad y especificación sus defectos; a la manera que en las cartas de marear se deben señalar con cuidado mayor los escollos en que pueden peligrar los navegantes. A este examen crítico del INGENIOSO HIDALGO acompañarán las observaciones a que den lugar sus indicaciones, sus noticias históricas, sus alusiones a las crónicas de los caballeros andantes. Libro de tanto valor y reputación como el QUIJOTE, es sin duda acreedor a que se le comente e ilustre como lo lograron libros de mediano mérito entre los antiguos, y entre los nuestros las obras de Juan de Mena, de don Luis de Góngora y otras de menor importancia. Es verdad que el mismo Cervantes, al principio de la segunda parte parece que se anticipa a desaprobar el intento de comentar la historia del héroe manchego: es tan clara, dice, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los hombres la entienden, y los viejos la celebran. Cervantes, suponiendo con demasiada facilidad que sus lectores sabían lo que él, y que tenían presente lo que él al escribir su libro creyó que no necesitaba de comento; mas no se juzgó del mismo modo en el mundo literario. El célebre benedictino Fr. Martín Sarmiento, en las Noticias de la verdadera patria de Miguel de Cervantes, esforzaba con gran copia de razones la necesidad de comentar el Quijote para entenderlo y leerlo con fruto. Anteriormente don Gregorio Mayans había ilustrado, aunque con más erudición que crítica, varios puntos relativos al INGENIOSO HIDALGO en la vida que escribió de Cervantes para ponerla al frente de la magnífica edición de Londres de 1738. Años después, don Vicente de los Ríos escribió el análisis que la Academia Española publicó con la suya, no menos magnífica, del año 1780; pero bajo el nombre de análisis, era más bien un elogio. Don Juan Bowle, distinguido literato inglés, imprimió el año 1781 una nueva edición del QUIJOTE con un tomo de índices y otro de anotaciones, en que señaló las referencias a los autores latinos, italianos y caballerescos, y procuró explicar las voces que podían ser oscuras para sus compatriotas. Su trabajo, fruto, como él mismo cuenta, de catorce años de lecturas y aplicación, es muy digno de alabanza, y muy de admirar en un extranjero el conocimiento de libros castellanos con que enriquece y autoriza sus notas. Pero éstas no alcanzan a auxiliar a los españoles en los puntos peculiares de sus costumbres y del idioma familiar, cuya perfecta inteligencia en todas lenguas, y singularmente en la castellana, es imposible que adquieran los extraños; y por otra parte, entusiasta ciego de Cervantes, a quien llama honor y gloria no solamente de su patria, pero de todo el género humano, no trató jamás de hacer ninguna observación crítica ni de juzgar del mérito ni demérito de la fábula. Sus anotaciones presentan el aspecto de una erudición laboriosa, pero seca y descarnada: son como un almacén donde se hallan hacinadas mercancías de todas clases, unas de mayor y otras de menor precio...; mas no se trate de relevar los defectos de un extranjero que ya experimentó los tiros de la crítica en su país, y que sólo debe hallar estimación y gratitud en el nuestro. Don Juan Antonio Pellicer publicó en Madrid el año 1797 una nueva edición del QUIJOTE: hizo e indicó algunas correcciones felices en el texto, y añadió notas en que a veces disfrutó más de lo justo el trabajo de Bowle, sin nombrarle en otras, según su genio y la especie que cultivó de literatura, insertó noticias menudas y sueltas, no todas igualmente apreciables. Sus observaciones son como apuntamientos aislados sin conexión ni plan conocido, y están muy lejos de merecer el nombre de Comentario: en ellas no se examina ni lo bueno ni lo malo de la fábula; de todo suele hablarse menos del QUIJOTE. Mayans, no obstante los elogios que daba al INGENIOSO HIDALGO, lo posponía a los Trabajos de Pérsiles y Sigismunda. Pellicer salió por otro registro, todavía, si cabe más extravagante, y se persuadió a que Cervantes se propuso imitar a Apuleyo. Ambos literatos, aunque amantes y beneméritos del QUIJOTE, manifestaron que no le entendían. No conozco las obras de algunos otros autores extranjeros que escribieron notas u observaciones sobre el INGENIOSO HIDALGO; pero me inclino mucho a creer que no contribuirán gran cosa a su ilustración e inteligencia. La Academia Española, en su última edición del año 1819, añadió al fin de los tomos algunas notas propias de su exquisito juicio y sabiduría, pero tan cortas en número y extensión, que no hacen sino irritar la curiosidad y aumentar el deseo de mayores y más extensas explicaciones. En resolución, el INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA carece hasta ahora de un Comentario seguido y completo, como lo reclama su calidad de libro clásico, reconocido como tal en la república de las letras, apreciado por todas las naciones cultas y traducido en todos sus idiomas. Yo me he propuesto llenar este vacío de nuestra literatura: empresa difícil, que he acometido quizá con sobrada temeridad, y en que no sé si saldré como Don Quijote en la suya. El presente prólogo es ya el principio del Comentario: las notas que acompañan al texto deben ser las pruebas de lo que se dice en el prólogo. Figúrese el lector del INGENIOSO HIDALGO que le acompaño en su tarea, y que le voy diciendo lo que me ocurrió cuando lo leía. Si le sirvo de algún provecho para entenderlo mejor; para dirigir y fijar su juicio acerca de las perfecciones e imperfecciones de la fábula; para satisfacer su curiosidad sobre los puntos históricos y literarios que se tocan, o los pasajes caballerescos a que se alude; para hacer las advertencias que ocasione el tenor del discurso, tanto sobre la gramática y filosofía del idioma, como sobre los usos, costumbres e ideas de la época de la caballería y la de Cervantes el lector debe estarme agradecido, y yo debo estar contento. Encontrará, tal vez, repeticiones, porque se repetirán las ocasiones de hacerlas; hallará cosas que otros han dicho, porque las hay que se ofrecen naturalmente a todos, y es forzoso decirlas; echará quizá menos observaciones que a él le ocurran, y no le ocurrieron al comentador (esto es muy fácil): según su humor, inclinaciones y estudios, unas notas le parecerán superficiales y demasiado breves, otras demasiado largas y minuciosas. Todo esto podrá suceder: pero en lo que otras hayan pensado o adelantado, el comentador los hará justicia, y no los defraudará de la loa que merezcan; y en lo demás, así como él será justo con otros, así también tiene derecho a que los otros sean con él indulgentes. Tales son las consideraciones que me ha parecido anticipar como preliminares convenientes en la materia.Una cárcel dio nacimiento al QUIJOTE, y un retiro forzado, efecta de trastornos y de infortunios, lo ha dado o su Comentario. En ésta, como en otras ocasiones, se ha verificado lo que un antiguo dijo de las letras: que sirven de adorno en la prosperidad, y de refugio y consuelo en la desgracia. Si el presente trabajo no corresponde dignamente a su objeto y al mérito y celebridad de Cervantes, por lo menos ha proporcionado a su autor muchos ratos de ocupación grata y muchos motivos de distracción en medio de pesares no merecidos.
                          DIEGO CLEMENCÍN